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EEUU: campañas electorales en universos paralelos

Cuando John Zogby concluyó su artículo de opinión para el diario, seguramente intuyó que volvería a despertar polémica tanto a nivel político como periodístico y también académico.
La nota se tituló ‘The Unifying Spirit of Jefferson Must Prevail’ , y fue publicada en la página 15 del Financial Times el pasado 1º de noviembre de 2004.

La voz del gurú

John Zogby es uno de los politólogos estrella de los Estados Unidos.
Su figura es conocida en todas las cadenas televisivas nacionales. Un segmento importante de la teleaudiencia ya hace años que está habituada a este gurú de pelo grisáceo, amplia frente y lentes. También los lectores de los principales periódicos siguen con atención sus análisis.

Zogby encabeza una investigadora de opinión pública que tiene entre sus clientes, por ejemplo, a Naciones Unidas, Phillip Morris, Microsoft, Chrysler, Reuters, USA Today, Fox Television y una asombrosa serie de bancos, medios de comunicación, instituciones educativas y sanitarias, organismos oficiales y organizaciones no gubernamentales. Y además tiene una vasta experiencia internacional en Asia, Oriente Medio, Africa, Europa y América Latina.

Sus informes, sus artículos, sus libros y sus declaraciones públicas son siempre escuchados como la voz del gurú. Y en su respaldo, además de la inteligencia de sus análisis, está la llamativa precisión de los datos cuantitativos de sus encuestas.

La nación roja y la nación azul

El artículo de Zogby en el Financial Times analiza el mapa electoral surgido en los Estados Unidos luego de la victoria de Bush sobre Gore en el año 2000.
De acuerdo a los colores identificatorios de cada partido, Zogby llama “red states” (estados rojos) a aquellos donde ganó el Partido Republicano y “blue states” (estados azules) a los que tuvieron como ganador al Partido Demócrata. Y estudia cuales son las diferencias entre ellos en otros campos diversos a la política.

Una de esas diferencias, por cierto que muy significativa, tiene que ver con la imagen de Dios que tienen los ciudadanos.
Para los habitantes de los estados rojos, Dios es una figura enérgica que castiga al diablo. Pero para los habitantes de los estados azules, Dios es una figura amorosa y tolerante.
No es un dato menor, por cierto, considerando el peso de lo religioso en la vida de los norteamericanos.

De aquí surge la interrogante respecto a si los votantes no tendrán percepciones similares en materia política, en especial respecto a cómo visualizan que debe ser un gobierno.
Red and Blue States Si esto fuera así, entonces en los estados rojos predominaría una visión del gobierno como entidad firme y enérgica, ocupada de mantener las normas, establecer los límites y castigar lo que está mal. Un gobierno que no dude en usar la fuerza militar contra el enemigo, que ponga los valores en su versión más estricta en primer plano de la discusión y que incluso llegue a hablar del “eje del mal”.
Y si esto fuera así, entonces en los estados azules predominaría una visión del gobierno como una entidad tolerante y benevolente, preocupada por promover la cooperación, el bienestar de la gente y la satisfacción de sus necesidades. Un gobierno más volcado hacia la paz, el cuidado de las formas y el desarrollo de políticas sociales en beneficio de los más débiles.

En dos palabras: republicanos y demócratas.

Si observamos el mapa con detenimiento, podemos encontrar otras diferencias.

Los estados de mayoría demócrata tienden a concentrarse sobre la costa y a ser los más urbanizados y densamente poblados, mientras que los estados de predominio republicano tienden a ubicarse en el interior y a ser más rurales y de menor concentración de población.
De estas características seguramente se derivan otros comportamientos psicosociales bastante congruentes con el posicionamiento político y religioso de sus habitantes.

El artículo de Zogby en el Financial Times es una buena plataforma, polémica por cierto, para analizar el comportamiento electoral de los norteamericanos.

Dos universos paralelos

Podemos decir que, desde el punto de vista político y psicosocial, los Estados Unidos son dos países, dos universos que coexisten en un mismo territorio pero con pautas absolutamente divergentes.
Esto tiene una muy profunda significación a la hora de planificar y ejecutar una campaña electoral. La misma no puede ser una campaña “catch all”, apuntada a un inexistente público general o a un igualmente inexistente “americano medio”.

Por el contrario: debe ser una campaña altamente segmentada, focalizada con fanática precisión en el universo que a cada partido corresponde.

Y allí está el gran aporte de Karl Rove, estratega republicano y cerebro de las campañas electorales de George W. Bush: focalización casi violenta en su público objetivo, en “su” país.
Rove supo entender (en el 2000 y también en el 2004) a ese país republicano. Y toda su campaña apuntó a brindar los estímulos necesarios para que ese país respondiera.

¿Cuales fueron los temas de la campaña de Bush?
El terrorismo, la necesidad de castigarlo y prevenirlo utilizando la fuerza militar, el patriotismo exhaltado de una nación atacada, los valores de la familia tradicional amenazados por el movimiento gay o por el aborto, la agresiva defensa de los valores morales más conservadores, la opción por liderazgos fuertes y enérgicos, la presentación de Bush como el jefe de un país en guerra. Y junto con ésto el duro ataque a un adversario como Kerry, presentado como débil, ambiguo, irresoluto y cambiante (y por ende peligroso para el país).
Toda la campaña diseñada por Rove dejó deliberadamente de lado al país azul y se concentró en el país rojo.

La campaña de John Kerry, mientras tanto, no tuvo el grado de focalización adecuado sobre su propio universo. Por el contrario, su énfasis en el tema Irak fue una debilidad permanente. Aún considerando los errores y hasta las tragedias de la guerra, e incluso si consideramos que ha sido mal conducida por Bush, en cualquiera de los casos no deja de ser lo que es: una guerra.
Y poner la guerra en el centro de la campaña significa entrar en los temas donde los republicanos son fuertes y ganan: seguridad, fuerza, patriotismo, liderazgo, jerarquías…
Los demócratas no confiaron en sus propios temas y no apuntaron en exclusiva y con fuerza a su propio público. En pocas palabras: los demócratas hablaron demasiado para un público más proclive a los republicanos. Y como es razonable para una campaña mal hecha, perdieron.

Lo que va del 2000 al 2004

Al principio me refería a las elecciones ganadas por Bush en el 2000, para desembocar luego en su nuevo triunfo 2004.

De hecho, en el 2000 el triunfo de Bush fue ajustado y muy discutido. Y aunque ganó la Presidencia en virtud de la legislación norteamericana, a pesar de ello había perdido en el voto popular.

En aquel momento el Partido Republicano había trabajado con prolijidad al electorado del país rojo. Pero el Partido Demócrata había cometido un grueso error en el diseño estratégico de su campaña: había tomado distancia del Presidente Clinton, lo cual es lo mismo que decir que había tomado distancia del país azul.
¿Recuerdan? Tras el escándalo Lewinsky, los estrategas demócratas creyeron que Clinton era mala palabra. Y lo era, pero básicamente para los sectores más conservadores de la sociedad. Para los “azules”, en cambio, estaban en primer plano los logros económicos. Y los aspectos morales los evaluaban con mayor flexibilidad. Para prueba de ello basta ver las encuestas pre y post electorales, las que demostraron que Clinton seguía manteniendo su carisma y su imagen.
Sin embargo el candidato Al Gore hizo todo lo contrario de lo que debía hacer: separó su imagen de la del Presidente, y por supuesto que perdió. Aunque lo tenía todo para ganar.

Pero en el 2004 Bush ganó de forma inapelable y por una muy apreciable ventaja. Obtuvo casi 60 millones de votos, superando a su rival en 3 millones y medio de sufragios y convirtiéndose en el Presidente norteamericano elegido con mayor apoyo popular en toda la historia.Mapa electoral 2004
También se produjo un récord de asistencia a las urnas, el cual se ubica en el entorno del 60 %. Debe recordarse que la votación no es obligatoria y que implica un acto previo de inscripción por parte de cada ciudadano interesado en votar.

Sin embargo, y a pesar de que Bush amplió notoriamente su ventaja, la estructura de estados rojos y estados azules se mantuvo casi idéntica a la del año 2000.

¿Qué pasó de una elección a otra?

Ya explicamos que el Partido Republicano profundizó su impecable estrategia de persuasión de su propio universo, mientras el Partido Demócrata no hizo lo propio con el suyo.

Pero además, para colmo, ocurrió el 11S con toda su secuela: guerra contra el terrorismo, guerra en Afganistán, guerra en Irak, sucesivas alarmas ante presuntos nuevos ataques en territorio norteamericano…Este contexto crítico acentuó los rasgos del electorado mayoritario de los red states: temor ante las amenazas, agudización de los estereotipos, menor espacio para la apertura y la flexibilidad, reflejos autoritarios, mayor necesidad psicológica de líderes fuertes, mayor apego a los valores tradicionales y tendencia a sobresimplificar la realidad.
En definitiva, se trataba de un contexto óptimo para la estrategia republicana.

¿Qué podían significar para ese público la ironía y la crítica de los intelectuales neoyorkinos, de los actores y cineastas de Hollywood, de los universitarios de todo el país, de los periodistas y los escritores, de los músicos y de todo el pensamiento liberal? ¿Qué podía significar una película como la de Michael Moore, atacando al Presidente justamente en el tema del terrorismo islámico?
Para ese público al que me refiero, nada de eso significaba demasiado ante todo lo crucial que sentían estaba en juego en sus vidas. Por el contrario, el sentido con que percibían toda la ofensiva anti Bush era seguramente negativo.

Mensaje para el país azul

Recordemos un detalle nuevamente: el voto no es obligatorio en los Estados Unidos. Por lo tanto hay que movilizar el voto. No alcanza con generar un cierto clima de opinión pública, sino que hay que impulsar a la gente a actuar.

Los republicanos fueron eficientes. Llegaron a lo más profundo de la sensibilidad del país rojo. Conmovieron, conmocionaron.
En cambio los demócratas se regodearon en un tema imposible, un tema donde todas las de ganar las tenía Bush: la guerra. Por más sólida que fuera la posición demócrata en este tema, y por más débil que fuera la posición republicana, el solo hecho de que fuera uno de los principales temas de campaña ya era un éxito del Presidente.

¿Podía el Partido Demócrata haber hecho otra cosa? Visto el contexto internacional del momento (Irak, Bin Laden, terrorismo…), ¿sería posible forzar la campaña y colocar otro tema más prometedor en el centro de la agenda?
Los grandes temas del país azul son la economía, la sociedad, la educación, la salud…No podemos saber si era posible o no convertirlos en grandes ejes de la campaña. Lo que sí es meridianamente claro es que la campaña de Kerry no focalizó sus mensajes en estas áreas temáticas.
Y una elección se comienza a perder cuando se ingresa en los temas del adversario y se pierde espacio para los temas propios.

Una campaña electoral debe ser como una línea recta, como una monografía.

El propio Partido Demócrata lo había demostrado en los años 90, en una experiencia que vale la pena recordar y tener muy en cuenta.

Los gobiernos republicanos de Reagan y de Bush (padre) habían protagonizado uno de los mayores éxitos de la política norteamericana: la caída del comunismo y la implosión histórica de la Unión Soviética y de sus aliados. Estados Unidos quedaba como la única gran potencia mundial, tanto a nivel económico como militar. Se abría lo que para muchos había sido el sueño casi utópico de la pax americana: un mundo unipolar regido por esa única potencia mundial con sede en Washington. Y todo podía resumirse en una única imagen plena de sentidos, tan potente como ninguna. Esa imagen omnipresente era la caída del gran ícono, la caída del Muro de Berlín.
Sin embargo, pese a esta conquista histórica, el Partido Republicano perdió la Presidencia.

En las elecciones presidenciales de 1992, James Carville era el asesor y estratega de los demócratas.
Carville es otro gurú norteamericano de impresionante trayectoria, que ha asesorado a figuras como el Primer Ministro inglés Tony Blair, el Presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, el Canciller alemán Gerhard Schroeder, el Primer Ministro griego Constantin Mitsotakis, el Primer Ministro israelí Ehud Barak, el Presidente sudafricano Nelson Mandela y muchos más.

En el War Room del bunker demócrata, James Carville colocó un cartel con una frase, una simple frase que decía

“¡It’s the economy, stupid!”

Claro que no era solo una frase. Era la línea estratégica de la campaña. Era el santo y seña para ganar la elección. Y asesorado por Carville, el Partido Demócrata focalizó sus mensajes en la marcha de la economía. Sin irse por las ramas, sin perder el rumbo, sin entrar en los temas del adversario. La economía y solo la economía, allí estaba la elección. Había que insistir obsesiva y disciplinadamente en ese frente de batalla. Y el Partido Demócrata logró que ese fuera el tema de la campaña, y no la caída del comunismo.
Y William Clinton ganó y fue Presidente.

La pregunta sigue siendo la misma que hacíamos más arriba. ¿Pudo pasar lo mismo en las elecciones 2004? Tal vez, por lo menos, el Partido Demócrata tendría que haberlo intentado.

La táctica y la estrategia

Una reflexión final.

Las campañas electorales ganadoras tienen un fuerte diseño estratégico.
El mismo surge de un estudio pormenorizado del electorado, en particular de su psicología política y del contexto político y psicosocial. A partir de allí se toman las definiciones estratégicas básicas, unos pocos lineamientos centrales que van a articular el conjunto de la campaña. De estos ejes estratégicos depende buena parte del éxito o del fracaso.

Luego vienen los pasos tácticos, las acciones concretas de carácter cotidiano.
Este plano de la táctica debe traducir, a cada paso, los lineamientos estratégicos. Y debe hacerlo en forma minuciosa, disciplinada y precisa.

En las elecciones del año 2004 en los Estados Unidos, el Partido Republicano tomó decisiones estratégicas acertadas. Segmentó el electorado y se concentró en ese segmento. Lo trabajó intensa y coherentemente. Y ganó. Toda una lección de estrategia de campaña electoral.

Daniel Eskibel
Consultor político
Especialista en Psicología Política

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